miércoles, 24 de septiembre de 2008
Este valle
Durante mucho tiempo y digo mucho, porque cuando uno es joven el tiempo se le pasa muy lento, pensé que la vida era un "valle de lágrimas". No en vano, mis abuelitas me hicieron rezar la Salve todos los días para recordármelo. La realidad lo confirmaba, mi familia estaba constituida por madres solteras o casadas que habían dejado al marido después de muchos años de agüante. Unos porque les pegaban, otros porque se dieron a la bebida, otros por mujeriegos. Las que permanecían con marido siempre se encargaban de aclararle a una que estaban juntos porque gracias a Dios "él se compuso ya viejo" y que gracias a que ella aguantó muchos años ahora podían disfrutar de los hijos y los nietos. Si a esto le agregamos que, mientras viví con mi abuelita Rosa tenía que leer La Vida de los Santos todos los días y cuando regresaba donde la otra abuela me recetaban "El camino seguro y directo al cielo" , se puede entender por qué alguna vez pasó por mi mente ser monja. Por suerte crecí. En mi adolescencia mi concepto de "valle de lágrimas" cambió a valle de desigualdades. Veía a mi alrededor y me resignaba porque, de una u otra manera, nuestros amigos, muchachillos que nos reuníamos en la gradas de la alameda en aquella ciudadela del INVU, tenían iguales o peores problemas. Al menos podía alardear de mi libertad. Algunos de ellos, en cambio, además de los problemas comunes de los hogares pobres también tenían que lidiar con padres estrictos que los vigilaban al extremo con el temor de que el medio las convirtiera en drogadictos o que saliéramos con una panza. En mi caso, era lo contrario. Toda la libertad del mundo. Nadie nunca me preguntó para donde iba ni cuando volvía. Mis problemas terminaban en las tardes juveniles de Acuarius, Shalako´s y Doble cero. Quizás esta fue la época con mayores problemas a nivel de familia pero recuerdo las mejores cosas de mis papás: él nos llenó de música, juegos y mucha lectura inteligente, ella me enseñó los mejores boleros mientras lavaba, eligió salir de aquello y construirse una vida y esa fue la mejor lección de valor que pude recibir. Entré a la vida adulta con la certeza de que esto no tiene por qué ser un valle de lágrimas, que siempre hay espacio para la alegría, y que aún con las desigualdades, toda existencia es más llevadera en libertad.
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